Un mostacho poblado asomaba debajo de su nariz, negro como el carbón. El pelo le escaseaba y sus hinchados mofletes sujetaban la fina montura de sus gafas. David Cabello había ido a visitar su antigua casa en Sevilla. Desde que se mudó habían pasado veinte años. La casa estaba tal y como la dejaron pero con una espesa capa de polvo encima. David no quería deshacerse de ella, le traía buenos recuerdos y siempre le decía a su mujer que algún día volverían.
La casa era como las de antes, firme y resistente, adosada, nada de grandes edificios con miles de casas de pocos metros cuadrados. Era una casa como Dios mandaba. La pared estaba llena de cuadros y pinturas abstractas. El espacio bien distribuido del que se sentía orgulloso permanecía intacto. No se atrevía a alquilar la casa solo por si le movían los muebles y descuadraban el feng shui. Se acercó hasta la cocina, acariciando el viejo sofá y levantando una nube de polvo. El señor tosió fuertemente y se sacudió la ropa. mientras caminaba iba limpiando las gafas abarrotadas del polvo. Paseando por su casa le volvían los recuerdos de sus padres viviendo allí cuando se hicieron demasiado mayores como para seguir en Canarias y se le empañaban los ojos. El acento canario casi había desaparecido del todo pero aún guardaba "fleje" expresiones de sus islas.
Cuando nació su segundo hijo se mudó a Barcelona y al nacer su nieto se volvió a cambiar de casa. Pese a su avanzada edad, su pelo, o lo que quedaba de él, permanecía de un intenso negro. Llegó a la cocina, donde los imanes de la nevera aún mantenían pegadas las fotos ya amarilleadas por el tiempo. Los años de la universidad, los de sus primeros trabajos... Abrió los armarios y descubrió alguna lata en conserva aún cerrada y un paquete de arroz. Cuando abandonaron la casa apenas les dios tiempo a llevárselo todo, entre las prisas y la emoción del nuevo trabajo. El viejo hombre rememoró también por qué no pasaba por allí desde hace tanto. Su mujer y él se divorciaron en aquella misma cocina. Las lágrimas volvieron a acudir a sus ojos y se las enjuagó como puedo. Se llevó el peludo brazo lleno de polvo a la cara y empezó a estornudar frenéticamente. La imagen del risueño hombre regordete y con la nariz roja le hacía aún más entrañable.
Mientras paseaba melancólico por su casa le daba vueltas a todo lo que tenían en la cabeza. Su nueva novia no le convenía, pero al menos le hacía compañía. Su hijo mayor dejó de hablarle a los dieciocho y tenía que retomar el contacto con él. La edad le había vuelto algo cascarrabias, pero en el fondo seguía guardando un inmenso amor por su hijo, por sus padres y por su ex-mujer. Subió las escaleras hasta el segundo piso, la habitación, incluso con las paredes descolchadas, mantenía un resplandor jovial. Su hijo dio sus primero pasos allí y desde la ventana veía la carretera donde le enseñó a montar en moto. La tos fue agravándose.
Recorrió los pasillos y volvió a bajar. Aún le quedaba una parte de la casa por ver. Su santuario. Su guarida. El sótano.
Le dio al interruptor y se sorprendió al comprobar que la luz aún encendía. La luz iluminó su gimnasio personal. El inmenso sótano le permitía tener variadas máquinas para mantenerse en forma. Después de su divorcio la forma lo abandonó. Digamos más bien que no le abandonó sino que optó por una forma más redonda. El poco ejercicio lo convirtió en un rollizo caballero al cual a esa edad le costaba caminar diez minutos seguidos sin parar. Se acercó a sus pesas y las desempolvó, quitando viejas telarañas que alguna vez sirvieron también de hogar, pero que, como la casa, estaban abandonadas.
Se tumbó en la banca de las pesas boca arriba y agarró con sus rechonchos dedos la barra de las pesas. Aún había peso colocado a los extremos y quiso recordar lo que se sentía haciendo ejercicio y estando en forma. Levantó la barra y esta se precipitó hasta su pecho. Con las pocas fuerzas que le quedaban tan solo logró frenar el impacto en el tórax, pero no fue suficiente. La pesada barra rompió su frágil esternón. Sus débiles brazos intentaban empujar la barra hacia abajo, pero la barriga hacía de tope. La respiración se dificultaba entre el polvo y el hueso caprichosamente clavado en sus pulmones. en un último intento por quitar la barra la deslizó hasta la parte superior de su cuerpo, pero esta aprisionó el cuello del canario. Resopló con el poco aire que le quedaba dentro. Al tratar de gritar para pedir ayuda descubrió que no tenía aliento. En silencio, ladeó la mirada, vio su antiguo espejo y sacó bíceps.
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