miércoles, 12 de junio de 2013

La isla

Desde el primer día notó que esas vacaciones no iban a salir como debían, que algo iba a ir mal y no solía equivocarse con estas cosas. Miró en su mochila y solo le quedaba una botella de agua y crema solar. La improvisada barra de hierro sería suficiente para mantenerlos a raya. O eso esperaba.

Juan Antonio Rodríguez respiraba agitadamente apoyado contra la barra de un bar. La Isla Paraíso prometía ser un lugar calmado y relajante que conseguiría evadirte de tus problemas. Y, a no ser que consideraran la vida como un problema, no estaban cumpliendo sus promesas. Un extraño cargamento científico-militar descargó en la isla el mismo día que Juanan y, su novia, Sara llegaron. Al parecer solo paraban para hacer escala y no debería haber ninguna complicación, pero un grupo terrorista atacó a los militares que "accidentalmente" vertió el contenido de lo que transportaban en la isla. Una cepa de un extraño virus desató el caos en el lugar. El fluido que emanaba de los tanques contenedores contagiaba a los que lo tocaban con una extraña enfermedad. La locura se apoderaba de tu mente y los humanos se volvían frenéticamente violentos, atentando con cualquier cosa que se les acercara. Los primeros en estar contagiados fueron algunos militares y casi en su totalidad, el grupo terrorista. Ya llevaban tres días en la Isla y a medida que el tiempo pasaba menos gente sana quedaba viva. El caprichoso virus entraba por las heridas abiertas si un infectado mantenía contacto con la herida. Mantenerse alejado de ellos era lo imprescindible para encontrar a Sara.

Sara se perdió en el anochecer del segundo día. Al intentar escapar de los infectados tuvieron que separarse y Juanan sirvió de cebo vivo mientras los demás buscaban un refugio. Ahora, sentado, apoyado en la barra del chiringuito de la playa deseaba reencontrarse con el grupo y, sobre todo, con Sara. El gobierno impedía cualquier tipo de comunicación con el exterior, aquello debía ser una crisis controlada, pedir ayuda era inútil. Las noticias del exterior obviaban la Isla y tenían preparadas las imágenes de un vendaval que asolaría la isla en caso de necesitar borrarla del mapa.

Juanan se levantó, agarró firmemente la empuñadura de su barra de hierro y se dispuso a correr. Ya contaba con múltiples heridas. Al escapar, en diversas ocasiones se rozaba con los escombros, o se tropezaba y caía de bruces, pero las magulladuras no le impedían volver a levantarse. Salió del ruinoso chiringuito, sorteando las sillas caídas y saltando por lo que quedaba de muro. Los infectados militares aún conservaban sus armas, por lo que eran un grupo especialmente peligroso. Mientras corría por la playa, Juanan, divisó a lo lejos a un infectado de cuclillas en la orilla, arrancando la cabeza de una gaviota que había atrapado. No tardó en darse cuenta de la presencia del "no-infectado" y se volvió a toda prisa contra él. Juanan aguantó estoico y se preparó para batear. El hombre que posiblemente había ido a pasar unas tranquilas vacaciones con su familia encontró una fría barra de hierro incrustada en su cara. El cráneo crujió y el chico tuvo que desencajar la barra de la cabeza del infectado. Limpió su arma y siguió corriendo.

Para encontrar a Sara debía cruzar la ciudad comercial y lo único bueno que sabía sobre los infectados era que no tenían miramientos entre sí. Al estar dominados por una sed de violencia no reparaban en a quien atacaban. Los ojos inyectados en sangre delataban a estos seres lo que hacía fácil diferenciarlos. Juanan corrió por el centro de la ciudad donde encontró a tres infectados peleando entre sí con las manos desnudas. Uno de ellos clavó sus dedos en la cuenca de los ojos de otro y el tercero partió el brazo del que, con saña, sacaba los ojos al otro. La ira consumía a Juanan, no podía dejar de pensar que si a Sara le pasaba eso no dejaría ni un alma con vida en la isla. Entró en la pelea con una formidable patada que separó a los tres partiendo el cuello al que ya no tenía ojos. Los otros dos se volvieron contra él y este, los esquivó con facilidad. Años en artes marciales y capoeira apenas hacían de eso un reto. Se deshizo de ellos con la barra y la sangre cubría los brazos de Juanan. Continuó corriendo.

Al poco escuchó disparos, se temió lo peor y siguió en esa dirección. Llegó a la zona dónde se producían los disparos, el grupo de personas con el que iba Sara, incluida ella misma se había hecho con armas de fuego y mantenía a rayas a una horda de infectados. Juanan se hizo paso a través de ellos corriendo y haciendo danzar su letal arma blanca. Destrozaba sus cabezas y extremidades con una facilidad que asombraba al mismo Juanan. Pasó la zona de contención de los infectados donde ya apenas quedaban en pié, los disparos los habían abatido a casi todos. Se paró delante del grupo y vio a Sara, llorando mirándole.

Los rojos ojos de Juanan miraban a Sara y deseaba matarla tanto como darle un abrazo y salir de aquel sitio con ella. Una discreta lágrima descendió por su mejilla y antes de que comenzara a correr, Sara apretó el gatillo acabando con el último infectado.

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