lunes, 10 de junio de 2013

El Aniversario

María Jesús hacía gozosa la cena. Había estado preparándola desde las séis de la tarde. Eran un sin fin de suculentos platos: rissoto de setas, pato a la naranja, una foundant de queso y un postre compuesto por nata, fresas y ella misma. Esperaba ansiosa la llegada de Santiago Quirós. Él, había optado seguir el camino de su padre y acabó trabajando en Movistar. Ya eran muchos años de trabajo aburrido y pesado del cual, Santi, no tenía intención de dejar de quejarse. En la cocina de su casa se podía oler el aroma de las frutas cociéndose con el pato que derretiría el paladar de cualquier persona.

María Jesús se dispuso a poner la mesa. Posó cuidadosamente el fino mantel blanco, impoluto. Encima de este comenzó a colocar con suavidad los cubiertos que relucían en plateado. Los platos deslumbraban casi tanto como el mantel y las servilletas propiamente colocadas daban el toque distinguido comparable a un restaurante de cinco estrellas. En el centro colocó un candelabro con dos velas rojas y como colofón, repartió quince pétalos de rosa por la mesa, tantos pétalos como años llevaban casados. Se engalanó con sus mejores prendas, preparó su picardías más sexy y se sentó a esperar con su más amplia sonrisa.

El señor Quirós salió tarde ese viernes de trabajar. Los directores querían despedir a gente y se lo encargaron a Santiago. No era un mal hombre así que estas cosas le costaba decirlas. Se preparaba bien antes de su llamada al siguiente empleado y cuando legaba le momento de hacerlo soltaba una retahíla de complejos argumentos raramente conectados que sumían al empleado en un caos absoluto. Y gracias a esta forma de despedir, tres empleados conservaron su empleo por no tener tiempo aquel día. Esto supuso reunión con sus jefes directos y una reprimenda bastante fuerte con opción a vérsele reducido el sueldo.

Santiago, de mal humor, se reunió con sus compañeros de trabajo con la esperanza de que alguno de ellos lo acercase a casa en coche. Por desgracia los únicos compañeros que aún estaban en la empresa tan tarde eran a los que acababa de despedir. Aún más malhumorado se dispuso a coger el autobús. No le dejaba lejos de su casa, pero el hecho de tener que esperar, montarse, ver como se detiene en cada parada, que se le siente al lado alguna persona que no sea de su agrado... Todo esto desquiciaba a Santi.  No es de extrañar pues, que, se le olvidase hacerse con un regalo para María Jesús. Mientras tanto, a ella se le iba borrando la sonrisa de la cara con cada minuto que el reloj marcaba y no estaba con su marido.

Al llegar a casa tenía un oscuro semblante que absorbía la felicidad para transformarla en un halo de desesperación. Tocó al timbre y María Jesús esbozó su mejor cara para encontrar a un cabizbajo trabajador de telefónica acosado por la mala suerte. Aún así, María Jesús trató de comprenderlo y le sirvió la cena. Ya estaba algo fría, ya que había pasado tiempo desde que la hizo y Santi no se olvidó de puntualizarlo. Rebuscaba cada seta del rissoto y la apartaba con el tenedor dando una explicación cada vez que lo hacía. Su mujer transformaba su sonrisa en seriedad y una arteria se hinchaba caprichosa en su cuello. Con el pato más de lo mismo. "Una salsa fría", protestaba. "La naranja no le pega a esto, quizá otra cosa" se quejaba. María Jesús cada vez retiraba más violentamente los platos de la mesa y los dejaba caer sin preocupación al poner los nuevos. "¿Queso para cenar? eso no nos va a sentar bien, es muy pesado para el estómago", volvió a objetar al ver la foundant. Tras el duro día de Santiago casi había olvidado qué día era y no había reparado en el esfuerzo de María Jesús. Nunca levantaba la voz, pero su tono enfadado era para ella más frustrante que cualquier grito. Una vez hubo retirado la foundant, fue a la cocina a preparar las fresas, quizá un poco de sexo despejara el ambiente. Cortó, sin ninguna delicadeza, las fresas, empuñando un desmesurado cuchillo para la acción que practicaba. Mientras sujetaba el cuchillo sentía una enorme sensación de poder y apaciguaba sus nervios.

Al volver al salón con y las fresas vio que su marido ya había dado por concluida la cena y se dispuso a ver la televisión. María Jesús trató de llamar su atención pero un sonoro "Shhh" terminó completamente con la cordura que le quedaba.

Fue a la cocina, agarró el cuchillo y se situó detrás de Santiago. "Cariño, ¿Seguro que no quieres el postre?" preguntó una María Jesús consumida por la rabia, a lo que Santiago, sin siquiera mirarla respondió "¿es que no puedo descansar ni un min".

El cuchillo se hundió en la espalda de Santiago rompiendo una costilla y atravesando su corazón. María Jesús lloraba desconsolada por los nervios, mirando como su querido marido descansaba frente al televisor, despedido de su vida por su mujer.

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