La exitosa carrera de Álvaro Sanchez lo había llevado en poco tiempo a director de comunicación de Google, nada más y nada menos. Tras muchos años de continuados ajetreos y papeleos había ido escalando puestos en la empresa. Antes de eso, una constancia y tenacidad diaria lo había guiado a través de otras empresas algo más pequeñas, para adquirir la experiencia necesaria para el puesto. Álvaro no era un hombre de estar quieto. O, mejor dicho, no se permitía estar quieto y descansando, era perder el tiempo y por tanto, su vida.
Las constantes idas y venidas del Dircom y viajes al rededor del mundo apenas le dejaban tiempo para ver al pequeño Arnau, que ese año cumplía los 10. Era un hombre sano, no fumaba, apenas bebía y comía bien. Si tenía tiempo. Pero el estrés que acumulaba a causa de su trabajo formaba una pelota en su estómago que liberaba cada noche viendo un musical y cantando abiertamente. Como frecuentaba hoteles, creaba siempre, en el pasillo donde estaba su cuarto, atascos de extranjeros extrañados por los cánticos de un ejecutivo de semblante serio durante el día.
A las once de la noche, Álvaro, solía quedarse dormido como un tronco, para funcionar al día siguiente desde las cinco de la madrugada. Su cuerpo se había acostumbrado al ritmo extenuante de su empresa y sus quehaceres personales. Además de ser el director de comunicación de Google, gestionaba departamentos en AIESEC, tenía un chiquillo apadrinado en Sudamérica, al cual visitaba si tenía algo de tiempo una vez al año y, si contaba con algo de tiempo, se curaba la úlcera de estómago con unas pastillas que dejaban un sabor de boca horrible.
La mañana del treinta de 30 de enero del 2035, Álvaro se levantaba a las cinco y cinco, desayunaba una tostada y un zumo y se disponía a arreglarse. Se engalanaba y perfumaba, se lavaba bien los dientes y estaba dispuesto a otra jornada. En Google, las cosas no fueron como estaban previstas, a su dircom le tocaban horas extras esa semana. Viajar hasta Barcelona, ver a su familia, ya que estaba allí. Avión a París, tratar con los directivos de Google Francia. Discutir con ellos. Luchar contra ellos. Gritarles. Y convencerlos. Vuelta a Londres, de donde partió para esperar un vuelo a Estados Unidos. Trece horas de vuelo sin descanso, apenas durmió treinta minutos. Llegar a su destino y no hacerle caso al jet lag. Continuar con las últimas energías que le había proporcionado la mala comida del avión y parar en el hotel, por fin. Después de una intensísima jornada por fin podría descansar.
Álvaro solo especificaba una cosa importante para los hoteles. La posibilidad de Wi-Fi, o en su defecto una tele. Al llegar al hotel no tenía nada de eso. Sus jefes en Google habían considerado que el hotel solo lo usaría para dormir, ya que al día siguiente le tocaba más ajetreo y no tendría tiempo para nada más. Se quedó sin su relajante musical y sus cantos y cayó rendido en la cama.
Cinco horas de sueño y el móvil lo despierta, tiene que viajar otra vez. Sin salir de Estados Unidos, trenes, autobuses, coches de empresa, aviones y más trenes. Y vuelta al hotel. Tras su tercera noche así, las cervicales de Álvaro eran una roca y su sien estaba a punto de estallar. Los Aisecos aprovechaban sus viajes para mandarle algo de tarea por el bien de AIESEC. Entre ellos y Google hacían arder el móvil de Álvaro. Al llegar a la cuarta noche no aguantó más y salió en busca de un karaoke o cualquier sitio donde pudiera cantar a gusto. No sería como siempre, pero serviría. Esa misma noche le atracaron y le quitaron el preciado teléfono donde lo tenía todo apuntado, pasó el resto de la noche en la comisaría denunciando el robo mientras ineptos policías le explicaban que eso pasaba demasiado frecuentemente y no podían hacer nada. Al volver al hotel tenía que volver a redactar el informe y entregarlo al día siguiente. Otra noche sin dormir.
A la mañana siguiente cogió un taxi hasta la sede de Google. Su brazo izquierdo se entumecía, la visión se nublaba y el pecho se retorcía dentro de sí. ¿Un infarto ahora? no tenía tiempo. Salió cojeando del taxi y el dolor se intensificó. Medio curvado por el dolor continuó su camino y entró en el ascensor. Papeles en mano y completamente doblado por la mitad, agarraba el informe con su entumecida mano izquierda y su pecho con la derecha. Al llegar a la oficina esperó a que los directivos terminaran la reunión. Sentado en la sala de espera, la secretaria imitaba inconscientemente la fruncida cara de Álvaro, que era una mezcla entre dolor y enfado. El color desapareció de sus sonrojadas mejillas y se adentró en la junta cuando hubieron terminado. Dejó los papeles sobre la mesa y en ese instante notó como su corazón estallaba en su interior.
Álvaro se dio la vuelta, abrió los brazos y gritó al fin: "Show must go ooooon" y se desplomó inerte en la colorida alfombra de Google américa. El estallido devolvió el color rojo a sus mejillas y desfrunció la cara de Álvaro haciendo que pareciese que sonreía aliviado por terminar.
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