Una mañana de invierno no conseguía conciliar el sueño, así que se levantó y paseó por sus enormes pasillos. Fuera, nevaba y le apeteció darse un baño caliente para relajarse y despejar su mente. Preparó la bañera de rebordes de oro con un agua perfumada, acercó la mesilla desplegable con la tele y se sumergió en la bañera. Aún con la música de los nocturnos conciertos de la televisión y esa mezcla de aromas y espuma David no paraba de revolverse en el agua. La idea de desperdiciar su vida le carcomía por dentro. No dejaba de salpicar agua fuera y empujar la mesilla de la televisión. Al tratar de incorporarse golpeó con la rodilla la mesita que descansaba justo al lado de la bañera y la televisión comenzó a tambalearse. David, presa del pánico se apresuró a salir de la bañera, resbaló al agarrar el pulido mármol de la bañera, pataleó fuertemente y consiguió salir de esta momentos antes de que la televisión cayese y provocase un cortocircuito. El corazón le latía a mil pulsaciones por segundo, su respiración, agitada, apenas le dejaba oír sus pensamientos y la adrenalina recorría el cuerpo del ricachón. Por primera vez en muchos años se sintió completamente vivo.
Con el nuevo descubrimiento que suponía poner en riesgo su vida y vivir experiencias apasionantes, David comenzó a viajar a los lugares más inhóspitos. Se lanzó en paracaídas para acabar en la selva amazónica con poco más que un cuchillo y afterbite (odiaba los mosquitos). Paseó junto a las cobras de la india hipnotizadas por los flautistas, que sudorosos, observaban la posible cena de sus mascotas. Probó todos los manjares y extraños platos de cada país y disfrutó especialmente el pez globo de Japón. Una parte de sí deseaba que se equivocaran al cortarlo y que una glándula de veneno lo enviara al hospital para vivir una aventura contra el envenenamiento. Desafiar a la muerte era lo que más vivo le mantenía y parecía que a la muerte esto no le agradaba.
En su último viaje, David decidió explorar los misteriosos túmulos de la parca. Dónde, según la leyenda, la muerte en persona fue enterrada cuando aún era mortal. Las tumbas permanecían cerradas por la fragilidad de sus estructuras, en cualquier momento podría quedar alguien sepultado ahí abajo y por la superstición de que estaban malditas. David se adentró de lleno inundado de una ola de adrenalina. La antorcha apenas le servía para ver entre la niebla espesa que se formaba en las catacumbas. Pese a que el suelo crujía bajo sus pies el andaba rápido y despreocupado. Al adentrarse lo suficiente podía escuchar los lamentos de los espíritus que quedaron encerrados allí abajo, o eso parecía. Un mal paso produjo un socavón en el suelo y David se precipitó por una especie de túnel hasta una gran antesala. Esta se iluminó con un fuego azul, y una enorme lápida donde descansaba una guadaña parecía que le llamaba. Al acercarse, de entre las sombras surgieron pequeños hilos que fueron juntándose junto a la guadaña para dar paso a la alegoría de la muerte. Una persona embutida en una túnica tan negra como la noche. Bajo la capucha solo se discernían dos pequeños puntos azules brillantes como estrellas distantes apunto de explotar. Dejaba ver unas manos creadas de la misma sombra, sin parecer ser corporeas agarraban la reluciente guadaña de plata. La Muerte habló. La voz no surgía de él, directamente se creaba en los oídos de David. Un susurro de miles de años de dolor, una voz que aterraría al más intrépido. A david le produjo un cosquilleo la mar de placentero en el estómago.
- Tu, que te atreves a desafiarme, que sorteas mis pruebas y te jactas de la vida. Te regalaré un don por liberar mi tumba. Ahora mi espíritu descansará en paz y no tendré que soportar más este dolor. Te regalo la inmortalidad. Tan solo una cosa podrá acabar contigo y tus incesantes burlas a mi ser cesarán en cuanto la descubras.-
Antes de que David pudiera preguntar de qué se trataba, la muerte desapareció con un gélido viento aullando en los oídos de David con una voz gutural que producía una escabrosa risa que fue disipándose.
Al salir de las tumbas David volvió a desafiar a la muerte, pero esta, directamente, no podía encontrarle. Cayó por un precipicio tratando de hacer barranquismo sin asegurar. Sobrevivió. Se disparó en la sien jugando a la ruleta rusa. Sobrevivió. Volvió a la bañera de su casa, la llenó y tiró la televisión con él dentro. Sobrevivió. Nada de lo que probaba le podía matar y su vida volvió a reunirse con el aburrimiento.
La muerte había conseguido quitar lo único que tenía David, le quitó la vida proporcionándole la inmortalidad. La siguiente semana no se movió de su silla, apostada en la entrada de su casa, veía pasar a las personas, no comía, no envejecía ni se moría de viejo, no dormía, tan solo esperaba. Pasaron los días, los meses y los años y al fin, descubrió su punto débil.
Sentado en aquella silla sin hacer nada, David murió literalmente de aburrimiento.
Me ha encantado Nim en serio. Conforme leo me lo imagino todo tal y como lo describes y es genial. Me encantará ser rico aunque intentaré no morirme de aburrimiento xD gracias!!
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