sábado, 8 de junio de 2013

La banda

El asfalto húmedo hacía rechinar los zapatos de los viandantes. Las calles estaban abarrotadas de gente. Entre policías y señoras mayores se dejaba espacio para los héroes del día, los costaleros. Efectivamente, la semana santa había llegado y con ella, vírgenes, altares, cruces, costaleros, penitentes, músicos, música y muerte.

La percepción de la religión corría de una forma un tanto ambigua por la mente de Carlos Álvarez. Charly, como lo llamaban sus amigos y congéneres, tocaba en la banda de los pasos de semana santa. Desde hacía ya mucho años, el clarinete lo acompañaba todas las pascuas para hacerse con algo de dinero.

La mañana del miércoles santo Charly se ajustaba su corbata y se apretaba el pañuelo a su cabeza. Una larga barba rubia cubría su cara y sus ojos cansados denotaban haber estado de fiesta la noche anterior. Se preparaba para tocar en el cristo del buen fin. Tenía treinta y tres años y curiosamente las barbas y el flaco cuerpo de Charly le hacían una representación moderna de Jesús. Salía por la puerta de su casa y cogía el coche. Aunque su nueva casa estuviese en Sevilla no se podía permitir ir andando, pues llegaría tarde. El estuche del clarinete le hacía buena compañía hasta el centro de la ciudad, donde le esperaba una larga y aburrida jornada de trabajo con la banda.

Una vez allí, saludó a su banda y se dispuso a marchar. Hacía ya años que no paraba de llover en semana santa y por fin disfrutaban de la salida del sol en un claro entre lluvia y lluvia. El suelo rezumaba un espeso olor a tierra mojada y caliente y el gentío no ayudaba a atenuar esa sensación horrible de calor. Como de costumbre, los costaleros sacaban el paso de la iglesia y se disponían a su marcha. Nuestro músico se encendía un último cigarrillo que había encontrado en el bolsillo de su chaqueta de la banda para poder continuar con la pesadez de aquel día. Cuando hubo terminado aplastó la colilla con sus zapatos y se dispuso a seguir a la imagen a donde hiciera falta.

El apenado cristo daba tumbos por la ciudad a ritmo de las canciones de la banda, la pena, y a su vez, alegría de ver los pasos salir inundaba el corazón de los más fervientes devotos, señores y señoras de avanzada edad hacían las veces de guías para el camino del paso de semana santa. Una anciana señora paró  al cristo y le cantó una saeta que hizo que toda la banda se parara. Los ojos de Charly no se posaban en ningún sitio, observaba distraído a la señora y no podía dejar de pensar en lo que le molestaba el hediondo señor que iba delante suya tocando el tambor. El sudor corría por la sien del hombre y el calor los asfixiaba produciéndole un extraño ronquido al respirar. Las axilas estaban empapadas en sudor y el olor corporal que desprendía no ayudaba a tocar ningún instrumento. Una vez hubo terminado la saeta la marcha se reanudó. Charly, aplicó toda la concentración que tenía en tocar su clarinete, no veía nada más allá de sus manos y trató de hacer ese momento más rápido y menos insufrible. Se humedeció los labios. Carraspeó. Colocó los dedos y la lengüeta del instrumento ya rozaba su lengua. Comenzó a caminar y no reparó en lo que se le venía encima.

El hermoso caballero que tenía delante quería apaciguar su calor, por tanto decidió, en un mal momento quitarse la chaqueta de la banda. Sus torpes y rechonchos brazos danzaron de aquí para allá, luchando con su tambor y sus ropas tropezó consigo mismo y cayó de bruces hacia atrás. El clarinete de Charly, su dulce compañía se clavó en su traquea por el golpe del hombre de en frente. Los gritos de dolor que profería los traducía el instrumento en una horrible valada de muerte, los devotos no hacían más que quejarse por el ruido que emitía la banda y no se percataban de lo que sucedía. Charly se arrodilló en el suelo, miró al cristo de la buena muerte y pensó para sí "que suerte tienes, cabrón".

El ruido del clarinete paró y la sangre brotó de sus agujeros.

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