jueves, 13 de junio de 2013

El Rocío

Año tras año, Gloria Moreno hacía el camino del Rocío. Kilómetros y kilómetros de una larga caminata en pos de su virgen. Pese a que ella no era religiosa, la tradición había convertido en ese camino algo muy importante para su vida. Su familia y ella misma comenzaban a andarlo mayo y festejaban la romería una vez habían llegado. No eran pocas las familias que se unía a esta tradición y la gran mayoría, como Gloría, no dejaría atrás el camino a no ser que una fuerza mayor se lo impidiera.

Poco antes de comenzar el camino, Gloria había tenido un accidente en coche. Un kamikaze conducía por la autovía en dirección contraria y pese a que muchos coches consiguieron esquivarlo Gloría no lo hizo. Pasó semanas en el hospital recuperándose y aún sin el alta médica decidió dejar sus recuperaciones para ir al Rocío. A fin de cuentas ¿qué son un par de costillas fisuradas y unos esguinces de tobillo? Casi se había recuperado y ahora solo le dolía al respirar o al caminar. Comenzó la marcha justo a su hora. Su familia la ayudaba a sortear los obstáculos más difíciles y los peores tramos los hacía en coche. Su padre se negaba a que su pequeña (aunque ya tuviese treinta y cinco años) se hiciera más daño del debido.

Lo que al comienzo del camino era una llovizna se había convertido ahora en un diluvio, todos refugiados donde podían seguían el camino entre los barrizales y a Gloria le entraba una quemazón por dentro de no poder andarlo con los demás. Le gustaba la parte aventurera de entrar en los charcos y lodazales y continuar con las fuerzas que tuviera tirando de todo el grupo si hiciera falta.

Más adelante un coche se encalló y no podía avanzar debido al agua. El padre de Gloria salió a ayudar y ella vio el momento perfecto para escapar y disfrutar del camino que le quedaba. Saltó del coche y entró de lleno en un charco marrón que ensució su precioso vestido. Se remangó la falda y salió del charco. Notaba los tobillos hinchados y el pecho le oprimía un poco, pero podía disfrutar de estar bajo la lluvia. Dos coches más atrás se pusieron a cantar mientras estaban todos parados y la combinación del campo, los cantos y la lluvia hacía del momento algo mágico.

Al ver volver a su padre al coche, Gloria trató de esconderse saliendo del camino. Los pasos que daba eran inseguros y la tormenta arreciaba. Cuando se dispuso a esconderse tras un árbol resbaló y cayó en el suelo. La mínima pendiente que había se convirtió en una rampa bien lubricada por el agua que la llevó hasta un pequeño arroyo del camino. En condiciones normales, el arroyo no le habría llegado más allá de las rodillas, pero las intensas lluvias incesantes habían convertido el riachuelo en un enorme lodazal que devoraba a su paso lo que se le pusiera por delante.

La joven Gloria cayó en el agua que la atrapaba en su corriente, intentaba salir de allí pero el pecho le oprimía cada vez más, los tobillos no la dejaban ponerse en pié o nadar como era debido, el agua se le metía en los pulmones dificultándole la respiración y la corriente la zarandeaba de lado a lado golpeándola con trozos de madera y rocas. Un cuerpo inerte viajó flotando hasta el mar, donde ahora, en el fondo descansa eternamente sirviéndole de banquete a los peces.

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