Mil cincuenta metros lo separaban del suelo. Cincuenta como los años que acababa de cumplir. Alberto Ojembarrena escalaba el Everest, por fin. La cima con la que había soñado desde tiempos inmemoriales estaba a unas jornadas de diversión vertical. Sus hijos le regalaron el viaje por el aniversario de su nacimiento y el señor Ojembarrena no cabía en sí de la felicidad.
Mil cincuenta largos y escarpados metros llevaba ya escalados. Una joven sherpa hacía las veces de guía y nuestro querido protagonista alardeaba de sus conocimientos de escalada delante de ella, siempre fue un Don Juan, y no es para menos, llevaba ya treinta y cinco largos años escalando. La joven, morena de piel y de rasgos asiáticos, se deslizaba por la ladera de la montaña con la gracilidad de un gato y observaba desde algo más arriba al robusto hombre que aseguraba todos sus pasos tres veces antes de dar el siguiente. El helado viento del Himalaya congelaba los huesos de los escaladores dificultando su subida y oponiéndose a que alcanzaran la cima. La mujer de Ojembarrena no estaba del todo de acuerdo con el regalo que le habían hecho sus retoños. Alberto era aún fuerte y grande como un armario, pero la edad no perdona y los cincuenta años pesan en los músculos. Escalar se hacía más cuesta arriba que de costumbre.
Los fuertes dedos de Ojembarrena se aferraban a la roca desnuda de la montaña y, mientras lo hacía, se ensimismaba mirando a la sherpa, danzando de aquí para allá, que aún con sus capas de abrigos reflejaba una figura perfecta, firme y fibrosa de lo que habría de ser un cuerpo diez.
El día llegaba a su ocaso y la luz del atardecer no era la más propicia para escalar. Los huecos hacían extrañas formas que confundirían hasta a los más expertos escaladores de la zona. El viento crepitaba al entrar en esos huecos y aullaba con el dolor de una plañidera en pleno entierro. La misma montaña predecía el final. La Sherpa, cargada de confianza, trastabilló en un saliente y convirtió su gracilidad en una tentación a la gravedad. La chica se enredó entre sus cuerdas y quedó sujeta boca abajo mientras una cuerda que caprichosamente se le enroscaba en el cuello y la asfixiaba lentamente.
Cargado de las nuevas fuerzas que proporciona a un hombre de cincuenta años el conocimiento de salvar una hermosa joven, Alberto dejó la seguridad de lado por un momento para dar alcance a la chica. Sus movimientos llegaban a ser casi tan gráciles como los de la chica e incluso más rápidos, pero su cuerda quedó tensa mucho antes de llegar a la joven que colgaba. Rápidamente, sacó de su macuto una pequeña navaja y cortó la cuerda. A medida que ascendía, la esclada se hacía más difiicl, los aullidos sonaban más fuertes y la luz escaseaba.
Los pasos inseguros de Alberto lo llevaron hasta escasos metros de la chica. Apoyó la mano izquierda en un saliente, encajó el pié en la helada pared de la montaña y se lanzó con su otra pierna. Su otra mano trató de entrar en un hueco de la montaña. En ese mismo momento, la poca luz del sol que quedaba se reflejó en las gafas del escalador, haciendo ver que la sombra que mostraba el hueco en la ladera no era más que la ilusión que la montaña había creado.
En una angustiosa asfixia boca abajo, la joven sherpa pudo contemplar el rostro de Alberto Ojembarrena. Descendiendo vertijinosamente con la decepción plasmada en su cara. Cincuenta años de dedicación, cincuenta años esperando. Para ser devorado por el vació de la traicionera montaña.
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