domingo, 16 de junio de 2013

La muerte

El diseño gráfico y la fotografía le había proporcionado a David Arcas el dinero suficiente para no tener que preocuparse por trabajar nunca más en la vida. Y así lo hizo. Con el dinero que tenía podía hacer cualquier cosa y por ese mismo motivo no dejaba de estar aburrido. Teniendo en cuenta consejos de sus antiguos compañeros de la universidad, David siempre fue un chico muy precavido que no ponía en riesgo su vida, pero el aburrimiento crecía exponencialmente y no parecía haber forma de parar su crecimiento.Probó con todo, compró los mayores lujos que un hombre jamás se puede imaginar, pero seguían sin llenar ese hueco. La vida transcurría aburrida para David Arcas.

Una mañana de invierno no conseguía conciliar el sueño, así que se levantó y paseó por sus enormes pasillos. Fuera, nevaba y le apeteció darse un baño caliente para relajarse y despejar su mente. Preparó la bañera de rebordes de oro con un agua perfumada, acercó la mesilla desplegable con la tele y se sumergió en la bañera. Aún con la música de los nocturnos conciertos de la televisión y esa mezcla de aromas y espuma David no paraba de revolverse en el agua. La idea de desperdiciar su vida le carcomía por dentro. No dejaba de salpicar agua fuera y empujar la mesilla de la televisión. Al tratar de incorporarse golpeó con la rodilla la mesita que descansaba justo al lado de la bañera y la televisión comenzó a tambalearse. David, presa del pánico se apresuró a salir de la bañera, resbaló al agarrar el pulido mármol de la bañera, pataleó fuertemente y consiguió salir de esta momentos antes de que la televisión cayese y provocase un cortocircuito. El corazón le latía a mil pulsaciones por segundo, su respiración, agitada, apenas le dejaba oír sus pensamientos y la adrenalina recorría el cuerpo del ricachón. Por primera vez en muchos años se sintió completamente vivo.

Con el nuevo descubrimiento que suponía poner en riesgo su vida y vivir experiencias apasionantes, David comenzó a viajar a los lugares más inhóspitos. Se lanzó en paracaídas para acabar en la selva amazónica con poco más que un cuchillo y afterbite (odiaba los mosquitos). Paseó junto a las cobras de la india hipnotizadas por los flautistas, que sudorosos, observaban la posible cena de sus mascotas. Probó todos los manjares y extraños platos de cada país y disfrutó especialmente el pez globo de Japón. Una parte de sí deseaba que se equivocaran al cortarlo y que una glándula de veneno lo enviara al hospital para vivir una aventura contra el envenenamiento. Desafiar a la muerte era lo que más vivo le mantenía y parecía que a la muerte esto no le agradaba.

En su último viaje, David decidió explorar los misteriosos túmulos de la parca. Dónde, según la leyenda, la muerte en persona fue enterrada cuando aún era mortal. Las tumbas permanecían cerradas por la fragilidad de sus estructuras, en cualquier momento podría quedar alguien sepultado ahí abajo y por la superstición de que estaban malditas. David se adentró de lleno inundado de una ola de adrenalina. La antorcha apenas le servía para ver entre la niebla espesa que se formaba en las catacumbas. Pese a que el suelo crujía bajo sus pies el andaba rápido y despreocupado. Al adentrarse lo suficiente podía escuchar los lamentos de los espíritus que quedaron encerrados allí abajo, o eso parecía. Un mal paso produjo un socavón en el suelo y David se precipitó por una especie de túnel hasta una gran antesala. Esta se iluminó con un fuego azul, y una enorme lápida donde descansaba una guadaña parecía que le llamaba. Al acercarse, de entre las sombras surgieron pequeños hilos que fueron juntándose junto a la guadaña para dar paso a la alegoría de la muerte. Una persona embutida en una túnica tan negra como la noche. Bajo la capucha solo se discernían dos pequeños puntos azules brillantes como estrellas distantes apunto de explotar. Dejaba ver unas manos creadas de la misma sombra, sin parecer ser corporeas agarraban la reluciente guadaña de plata. La Muerte habló. La voz no surgía de él, directamente se creaba en los oídos de David. Un susurro de miles de años de dolor, una voz que aterraría al más intrépido. A david le produjo un cosquilleo la mar de placentero en el estómago.

- Tu, que te atreves a desafiarme, que sorteas mis pruebas y te jactas de la vida. Te regalaré un don por liberar mi tumba. Ahora mi espíritu descansará en paz y no tendré que soportar más este dolor. Te regalo la inmortalidad. Tan solo una cosa podrá acabar contigo y tus incesantes burlas a mi ser cesarán en cuanto la descubras.-

Antes de que David pudiera preguntar de qué se trataba, la muerte desapareció con un gélido viento aullando en los oídos de David con una voz gutural que producía una escabrosa risa que fue disipándose.

Al salir de las tumbas David volvió a desafiar a la muerte, pero esta, directamente, no podía encontrarle. Cayó por un precipicio tratando de hacer barranquismo sin asegurar. Sobrevivió. Se disparó en la sien jugando a la ruleta rusa. Sobrevivió. Volvió a la bañera de su casa, la llenó y tiró la televisión con él dentro. Sobrevivió. Nada de lo que probaba le podía matar y su vida volvió a reunirse con el aburrimiento.

La muerte había conseguido quitar lo único que tenía David, le quitó la vida proporcionándole la inmortalidad. La siguiente semana no se movió de su silla, apostada en la entrada de su casa, veía pasar a las personas, no comía, no envejecía ni se moría de viejo, no dormía, tan solo esperaba. Pasaron los días, los meses y los años y al fin, descubrió su punto débil.
Sentado en aquella silla sin hacer nada, David murió literalmente de aburrimiento.

sábado, 15 de junio de 2013

El hielo y fuego

El casting había terminado y ya solo quedaba esperar a que llamasen a los seleccionados. La exitosa serie de juego de tronos llegaba a su sexta temporada y necesitaban extras para rodar su escena en Córdoba. Era la oportunidad perfecta para Patricia Lucena, fan acérrima de los libros de G.R.R. Martin, podía ver uno de sus deseos realizados saliendo en la serie. La actuación implicaba un desnudo integral, lo que no era de extrañar tras la trayectoria que seguía.

Por fin, una semana después de presentarse al casting la llamaron para decirle que estaba admitida, comenzaría a grabar en un par de días y se metería en la piel de una leal seguidora de la Khaleesi. Al ver a la guapísima Emilia Clarke justo en frente se le erizaron los vellos, y continuar observando a los demás actores del reparto que tantas veces había podido ver tras la pantalla hizo que le temblaran las piernas. Aunque deseara con todas sus fuerzas salir en la serie era tremendamente vergonzosa. Consideraba que el momento requería un acto de coraje y decisión, enseñarle las tetas al mundo.

El papel era sencillo, solo tenía que acercarse a la Khaleesi con ropajes bien anchos y holgados, y hacer como que hablaba detrás suya con otras chicas mientras se desnudaban para los hombres. "La escena al menos no es de sexo" pensaba. "apenas se fijarán en mi, estoy en segundo plano" se repetía.

El rodaje acabó sin complicaciones, ni el frenético pulso de Patri había estropeado la toma, la naturalidad con la que salió hizo que se sorprendiera a ella misma. Evidentemente, no pasó tan desapercibida como pensaba. En Córdoba era toda una celebridad, las personas que asistieron al rodaje la reconocían por la calle y el boca-oreja, terminó por hacer saber al resto de la ciudad que ella participó en la serie.

Entre todas estas personas se encontraba un curioso chico. Participó como ayudante de cámara en el rodaje y al ver a Patri se quedó prendado, al verla con los ropajes de la serie se enamoró y al verla desnuda sabía que tenía que ser suya. Planeaba su día a día para tropezar con ella y encontrarla donde pudiera. la seguía en twitter, no dejaba de ver su facebook y tenía controlados a todos sus amigos. Vivía por y para ella y decidió que tenía que dar el paso y presentarse.

Una calurosa tarde en la que Patri había salido a comprar se topó de bruces con el chico. Este, con la mirada propia de un loco apenas logró articular palabra y escupió balbuceando lo que pretendía ser un "hola". Patricia torció la cara mirando raro al chico y excusándose rápidamente para irse. Aceleró el paso, dejando tras de sí a un corazón roto en mil pedazos, con el rostro descompuesto y la mirada fija en la espalda de Patricia. Una mente diabólica que maquinaba el plan para conseguir estar junto a ella, para siempre.

Dos noches más tarde, Patricia salía de fiesta con sus amigas. Los pubs estaban a rebosar y tras dos copas ya se sentía mareada. El alcohol que había bebido no era tan fuerte como para hacerla sentir así. Salió fuera a despejarse y vio, entre manchas negras que iban nublando su vista al chico de hacía unos días. Sonriendo. Acercándose. Agarrándola.

Ahora cuelga desnuda en la pared del sótano de un pervertido que ríe desquiciado su mayor trofeo, la prueba de su locura.

jueves, 13 de junio de 2013

El Rocío

Año tras año, Gloria Moreno hacía el camino del Rocío. Kilómetros y kilómetros de una larga caminata en pos de su virgen. Pese a que ella no era religiosa, la tradición había convertido en ese camino algo muy importante para su vida. Su familia y ella misma comenzaban a andarlo mayo y festejaban la romería una vez habían llegado. No eran pocas las familias que se unía a esta tradición y la gran mayoría, como Gloría, no dejaría atrás el camino a no ser que una fuerza mayor se lo impidiera.

Poco antes de comenzar el camino, Gloria había tenido un accidente en coche. Un kamikaze conducía por la autovía en dirección contraria y pese a que muchos coches consiguieron esquivarlo Gloría no lo hizo. Pasó semanas en el hospital recuperándose y aún sin el alta médica decidió dejar sus recuperaciones para ir al Rocío. A fin de cuentas ¿qué son un par de costillas fisuradas y unos esguinces de tobillo? Casi se había recuperado y ahora solo le dolía al respirar o al caminar. Comenzó la marcha justo a su hora. Su familia la ayudaba a sortear los obstáculos más difíciles y los peores tramos los hacía en coche. Su padre se negaba a que su pequeña (aunque ya tuviese treinta y cinco años) se hiciera más daño del debido.

Lo que al comienzo del camino era una llovizna se había convertido ahora en un diluvio, todos refugiados donde podían seguían el camino entre los barrizales y a Gloria le entraba una quemazón por dentro de no poder andarlo con los demás. Le gustaba la parte aventurera de entrar en los charcos y lodazales y continuar con las fuerzas que tuviera tirando de todo el grupo si hiciera falta.

Más adelante un coche se encalló y no podía avanzar debido al agua. El padre de Gloria salió a ayudar y ella vio el momento perfecto para escapar y disfrutar del camino que le quedaba. Saltó del coche y entró de lleno en un charco marrón que ensució su precioso vestido. Se remangó la falda y salió del charco. Notaba los tobillos hinchados y el pecho le oprimía un poco, pero podía disfrutar de estar bajo la lluvia. Dos coches más atrás se pusieron a cantar mientras estaban todos parados y la combinación del campo, los cantos y la lluvia hacía del momento algo mágico.

Al ver volver a su padre al coche, Gloria trató de esconderse saliendo del camino. Los pasos que daba eran inseguros y la tormenta arreciaba. Cuando se dispuso a esconderse tras un árbol resbaló y cayó en el suelo. La mínima pendiente que había se convirtió en una rampa bien lubricada por el agua que la llevó hasta un pequeño arroyo del camino. En condiciones normales, el arroyo no le habría llegado más allá de las rodillas, pero las intensas lluvias incesantes habían convertido el riachuelo en un enorme lodazal que devoraba a su paso lo que se le pusiera por delante.

La joven Gloria cayó en el agua que la atrapaba en su corriente, intentaba salir de allí pero el pecho le oprimía cada vez más, los tobillos no la dejaban ponerse en pié o nadar como era debido, el agua se le metía en los pulmones dificultándole la respiración y la corriente la zarandeaba de lado a lado golpeándola con trozos de madera y rocas. Un cuerpo inerte viajó flotando hasta el mar, donde ahora, en el fondo descansa eternamente sirviéndole de banquete a los peces.

miércoles, 12 de junio de 2013

La isla

Desde el primer día notó que esas vacaciones no iban a salir como debían, que algo iba a ir mal y no solía equivocarse con estas cosas. Miró en su mochila y solo le quedaba una botella de agua y crema solar. La improvisada barra de hierro sería suficiente para mantenerlos a raya. O eso esperaba.

Juan Antonio Rodríguez respiraba agitadamente apoyado contra la barra de un bar. La Isla Paraíso prometía ser un lugar calmado y relajante que conseguiría evadirte de tus problemas. Y, a no ser que consideraran la vida como un problema, no estaban cumpliendo sus promesas. Un extraño cargamento científico-militar descargó en la isla el mismo día que Juanan y, su novia, Sara llegaron. Al parecer solo paraban para hacer escala y no debería haber ninguna complicación, pero un grupo terrorista atacó a los militares que "accidentalmente" vertió el contenido de lo que transportaban en la isla. Una cepa de un extraño virus desató el caos en el lugar. El fluido que emanaba de los tanques contenedores contagiaba a los que lo tocaban con una extraña enfermedad. La locura se apoderaba de tu mente y los humanos se volvían frenéticamente violentos, atentando con cualquier cosa que se les acercara. Los primeros en estar contagiados fueron algunos militares y casi en su totalidad, el grupo terrorista. Ya llevaban tres días en la Isla y a medida que el tiempo pasaba menos gente sana quedaba viva. El caprichoso virus entraba por las heridas abiertas si un infectado mantenía contacto con la herida. Mantenerse alejado de ellos era lo imprescindible para encontrar a Sara.

Sara se perdió en el anochecer del segundo día. Al intentar escapar de los infectados tuvieron que separarse y Juanan sirvió de cebo vivo mientras los demás buscaban un refugio. Ahora, sentado, apoyado en la barra del chiringuito de la playa deseaba reencontrarse con el grupo y, sobre todo, con Sara. El gobierno impedía cualquier tipo de comunicación con el exterior, aquello debía ser una crisis controlada, pedir ayuda era inútil. Las noticias del exterior obviaban la Isla y tenían preparadas las imágenes de un vendaval que asolaría la isla en caso de necesitar borrarla del mapa.

Juanan se levantó, agarró firmemente la empuñadura de su barra de hierro y se dispuso a correr. Ya contaba con múltiples heridas. Al escapar, en diversas ocasiones se rozaba con los escombros, o se tropezaba y caía de bruces, pero las magulladuras no le impedían volver a levantarse. Salió del ruinoso chiringuito, sorteando las sillas caídas y saltando por lo que quedaba de muro. Los infectados militares aún conservaban sus armas, por lo que eran un grupo especialmente peligroso. Mientras corría por la playa, Juanan, divisó a lo lejos a un infectado de cuclillas en la orilla, arrancando la cabeza de una gaviota que había atrapado. No tardó en darse cuenta de la presencia del "no-infectado" y se volvió a toda prisa contra él. Juanan aguantó estoico y se preparó para batear. El hombre que posiblemente había ido a pasar unas tranquilas vacaciones con su familia encontró una fría barra de hierro incrustada en su cara. El cráneo crujió y el chico tuvo que desencajar la barra de la cabeza del infectado. Limpió su arma y siguió corriendo.

Para encontrar a Sara debía cruzar la ciudad comercial y lo único bueno que sabía sobre los infectados era que no tenían miramientos entre sí. Al estar dominados por una sed de violencia no reparaban en a quien atacaban. Los ojos inyectados en sangre delataban a estos seres lo que hacía fácil diferenciarlos. Juanan corrió por el centro de la ciudad donde encontró a tres infectados peleando entre sí con las manos desnudas. Uno de ellos clavó sus dedos en la cuenca de los ojos de otro y el tercero partió el brazo del que, con saña, sacaba los ojos al otro. La ira consumía a Juanan, no podía dejar de pensar que si a Sara le pasaba eso no dejaría ni un alma con vida en la isla. Entró en la pelea con una formidable patada que separó a los tres partiendo el cuello al que ya no tenía ojos. Los otros dos se volvieron contra él y este, los esquivó con facilidad. Años en artes marciales y capoeira apenas hacían de eso un reto. Se deshizo de ellos con la barra y la sangre cubría los brazos de Juanan. Continuó corriendo.

Al poco escuchó disparos, se temió lo peor y siguió en esa dirección. Llegó a la zona dónde se producían los disparos, el grupo de personas con el que iba Sara, incluida ella misma se había hecho con armas de fuego y mantenía a rayas a una horda de infectados. Juanan se hizo paso a través de ellos corriendo y haciendo danzar su letal arma blanca. Destrozaba sus cabezas y extremidades con una facilidad que asombraba al mismo Juanan. Pasó la zona de contención de los infectados donde ya apenas quedaban en pié, los disparos los habían abatido a casi todos. Se paró delante del grupo y vio a Sara, llorando mirándole.

Los rojos ojos de Juanan miraban a Sara y deseaba matarla tanto como darle un abrazo y salir de aquel sitio con ella. Una discreta lágrima descendió por su mejilla y antes de que comenzara a correr, Sara apretó el gatillo acabando con el último infectado.

martes, 11 de junio de 2013

Los Recuerdos

Un mostacho poblado asomaba debajo de su nariz, negro como el carbón. El pelo le escaseaba y sus hinchados mofletes sujetaban la fina montura de sus gafas. David Cabello había ido a visitar su antigua casa en Sevilla. Desde que se mudó habían pasado veinte años. La casa estaba tal y como la dejaron pero con una espesa capa de polvo encima. David no quería deshacerse de ella, le traía buenos recuerdos y siempre le decía a su mujer que algún día volverían.

La casa era como las de antes, firme y resistente, adosada, nada de grandes edificios con miles de casas de pocos metros cuadrados. Era una casa como Dios mandaba. La pared estaba llena de cuadros y pinturas abstractas. El espacio bien distribuido del que se sentía orgulloso permanecía intacto. No se atrevía a alquilar la casa solo por si le movían los muebles y descuadraban el feng shui. Se acercó hasta la cocina, acariciando el viejo sofá y levantando una nube de polvo. El señor tosió fuertemente y se sacudió la ropa. mientras caminaba iba limpiando las gafas abarrotadas del polvo. Paseando por su casa le volvían los recuerdos de sus padres viviendo allí cuando se hicieron demasiado mayores como para seguir en Canarias y se le empañaban los ojos. El acento canario casi había desaparecido del todo pero aún guardaba "fleje" expresiones de sus islas.

Cuando nació su segundo hijo se mudó a Barcelona y al nacer su nieto se volvió a cambiar de casa. Pese a su avanzada edad, su pelo, o lo que quedaba de él, permanecía de un intenso negro. Llegó a la cocina, donde los imanes de la nevera aún mantenían pegadas las fotos ya amarilleadas por el tiempo. Los años de la universidad, los de sus primeros trabajos... Abrió los armarios y descubrió alguna lata en conserva aún cerrada y un paquete de arroz. Cuando abandonaron la casa apenas les dios tiempo a llevárselo todo, entre las prisas y la emoción del nuevo trabajo. El viejo hombre rememoró también por qué no pasaba por allí desde hace tanto. Su mujer y él se divorciaron en aquella misma cocina. Las lágrimas volvieron a acudir a sus ojos y se las enjuagó como puedo. Se llevó el peludo brazo lleno de polvo a la cara y empezó a estornudar frenéticamente. La imagen del risueño hombre regordete y con la nariz roja le hacía aún más entrañable.

Mientras paseaba melancólico por su casa le daba vueltas a todo lo que tenían en la cabeza. Su nueva novia no le convenía, pero al menos le hacía compañía. Su hijo mayor dejó de hablarle a los dieciocho y tenía que retomar el contacto con él. La edad le había vuelto algo cascarrabias, pero en el fondo seguía guardando un inmenso amor por su hijo, por sus padres y por su ex-mujer. Subió las escaleras hasta el segundo piso, la habitación, incluso con las paredes descolchadas, mantenía un resplandor jovial. Su hijo dio sus primero pasos allí y desde la ventana veía la  carretera donde le enseñó a montar en moto. La tos fue agravándose.
Recorrió los pasillos y volvió a bajar. Aún le quedaba una parte de la casa por ver. Su santuario. Su guarida. El sótano.

Le dio al interruptor y se sorprendió al comprobar que la luz aún encendía. La luz iluminó su gimnasio personal. El inmenso sótano le permitía tener variadas máquinas para mantenerse en forma. Después de su divorcio la forma lo abandonó. Digamos más bien que no le abandonó sino que optó por una forma más redonda. El poco ejercicio lo convirtió en un rollizo caballero al cual a esa edad le costaba caminar diez minutos seguidos sin parar. Se acercó a sus pesas y las desempolvó, quitando viejas telarañas que alguna vez sirvieron también de hogar, pero que, como la casa, estaban abandonadas.

Se tumbó en la banca de las pesas boca arriba y agarró con sus rechonchos dedos la barra de las pesas. Aún había peso colocado a los extremos y quiso recordar lo que se sentía haciendo ejercicio y estando en forma. Levantó la barra y esta se precipitó hasta su pecho. Con las pocas fuerzas que le quedaban tan solo logró frenar el impacto en el tórax, pero no fue suficiente. La pesada barra rompió su frágil esternón. Sus débiles brazos intentaban empujar la barra hacia abajo, pero la barriga hacía de tope. La respiración se dificultaba entre el polvo y el hueso caprichosamente clavado en sus pulmones. en un último intento por quitar la barra la deslizó hasta la parte superior de su cuerpo, pero esta aprisionó el cuello del canario. Resopló con el poco aire que le quedaba dentro. Al tratar de gritar para pedir ayuda descubrió que no tenía aliento. En silencio, ladeó la mirada, vio su antiguo espejo y sacó bíceps.

lunes, 10 de junio de 2013

El Aniversario

María Jesús hacía gozosa la cena. Había estado preparándola desde las séis de la tarde. Eran un sin fin de suculentos platos: rissoto de setas, pato a la naranja, una foundant de queso y un postre compuesto por nata, fresas y ella misma. Esperaba ansiosa la llegada de Santiago Quirós. Él, había optado seguir el camino de su padre y acabó trabajando en Movistar. Ya eran muchos años de trabajo aburrido y pesado del cual, Santi, no tenía intención de dejar de quejarse. En la cocina de su casa se podía oler el aroma de las frutas cociéndose con el pato que derretiría el paladar de cualquier persona.

María Jesús se dispuso a poner la mesa. Posó cuidadosamente el fino mantel blanco, impoluto. Encima de este comenzó a colocar con suavidad los cubiertos que relucían en plateado. Los platos deslumbraban casi tanto como el mantel y las servilletas propiamente colocadas daban el toque distinguido comparable a un restaurante de cinco estrellas. En el centro colocó un candelabro con dos velas rojas y como colofón, repartió quince pétalos de rosa por la mesa, tantos pétalos como años llevaban casados. Se engalanó con sus mejores prendas, preparó su picardías más sexy y se sentó a esperar con su más amplia sonrisa.

El señor Quirós salió tarde ese viernes de trabajar. Los directores querían despedir a gente y se lo encargaron a Santiago. No era un mal hombre así que estas cosas le costaba decirlas. Se preparaba bien antes de su llamada al siguiente empleado y cuando legaba le momento de hacerlo soltaba una retahíla de complejos argumentos raramente conectados que sumían al empleado en un caos absoluto. Y gracias a esta forma de despedir, tres empleados conservaron su empleo por no tener tiempo aquel día. Esto supuso reunión con sus jefes directos y una reprimenda bastante fuerte con opción a vérsele reducido el sueldo.

Santiago, de mal humor, se reunió con sus compañeros de trabajo con la esperanza de que alguno de ellos lo acercase a casa en coche. Por desgracia los únicos compañeros que aún estaban en la empresa tan tarde eran a los que acababa de despedir. Aún más malhumorado se dispuso a coger el autobús. No le dejaba lejos de su casa, pero el hecho de tener que esperar, montarse, ver como se detiene en cada parada, que se le siente al lado alguna persona que no sea de su agrado... Todo esto desquiciaba a Santi.  No es de extrañar pues, que, se le olvidase hacerse con un regalo para María Jesús. Mientras tanto, a ella se le iba borrando la sonrisa de la cara con cada minuto que el reloj marcaba y no estaba con su marido.

Al llegar a casa tenía un oscuro semblante que absorbía la felicidad para transformarla en un halo de desesperación. Tocó al timbre y María Jesús esbozó su mejor cara para encontrar a un cabizbajo trabajador de telefónica acosado por la mala suerte. Aún así, María Jesús trató de comprenderlo y le sirvió la cena. Ya estaba algo fría, ya que había pasado tiempo desde que la hizo y Santi no se olvidó de puntualizarlo. Rebuscaba cada seta del rissoto y la apartaba con el tenedor dando una explicación cada vez que lo hacía. Su mujer transformaba su sonrisa en seriedad y una arteria se hinchaba caprichosa en su cuello. Con el pato más de lo mismo. "Una salsa fría", protestaba. "La naranja no le pega a esto, quizá otra cosa" se quejaba. María Jesús cada vez retiraba más violentamente los platos de la mesa y los dejaba caer sin preocupación al poner los nuevos. "¿Queso para cenar? eso no nos va a sentar bien, es muy pesado para el estómago", volvió a objetar al ver la foundant. Tras el duro día de Santiago casi había olvidado qué día era y no había reparado en el esfuerzo de María Jesús. Nunca levantaba la voz, pero su tono enfadado era para ella más frustrante que cualquier grito. Una vez hubo retirado la foundant, fue a la cocina a preparar las fresas, quizá un poco de sexo despejara el ambiente. Cortó, sin ninguna delicadeza, las fresas, empuñando un desmesurado cuchillo para la acción que practicaba. Mientras sujetaba el cuchillo sentía una enorme sensación de poder y apaciguaba sus nervios.

Al volver al salón con y las fresas vio que su marido ya había dado por concluida la cena y se dispuso a ver la televisión. María Jesús trató de llamar su atención pero un sonoro "Shhh" terminó completamente con la cordura que le quedaba.

Fue a la cocina, agarró el cuchillo y se situó detrás de Santiago. "Cariño, ¿Seguro que no quieres el postre?" preguntó una María Jesús consumida por la rabia, a lo que Santiago, sin siquiera mirarla respondió "¿es que no puedo descansar ni un min".

El cuchillo se hundió en la espalda de Santiago rompiendo una costilla y atravesando su corazón. María Jesús lloraba desconsolada por los nervios, mirando como su querido marido descansaba frente al televisor, despedido de su vida por su mujer.

domingo, 9 de junio de 2013

El director

La exitosa carrera de Álvaro Sanchez lo había llevado en poco tiempo a director de comunicación de Google, nada más y nada menos. Tras muchos años de continuados ajetreos y papeleos había ido escalando puestos en la empresa. Antes de eso, una constancia y tenacidad diaria lo había guiado a través de otras empresas algo más pequeñas, para adquirir la experiencia necesaria para el puesto. Álvaro no era un hombre de estar quieto. O, mejor dicho, no se permitía estar quieto y descansando, era perder el tiempo y por tanto, su vida.

Las constantes idas y venidas del Dircom y viajes al rededor del mundo apenas le dejaban tiempo para ver al pequeño Arnau, que ese año cumplía los 10. Era un hombre sano, no fumaba, apenas bebía y comía bien. Si tenía tiempo. Pero el estrés que acumulaba a causa de su trabajo formaba una pelota en su estómago que liberaba cada noche viendo un musical y cantando abiertamente. Como frecuentaba hoteles, creaba siempre, en el pasillo donde estaba su cuarto, atascos de extranjeros extrañados por los cánticos de un ejecutivo de semblante serio durante el día.

A las once de la noche, Álvaro, solía quedarse dormido como un tronco, para funcionar al día siguiente desde las cinco de la madrugada. Su cuerpo se había acostumbrado al ritmo extenuante de su empresa y sus quehaceres personales. Además de ser el director de comunicación de Google, gestionaba departamentos en AIESEC, tenía un chiquillo apadrinado en Sudamérica, al cual visitaba si tenía algo de tiempo una vez al año y, si contaba con algo de tiempo, se curaba la úlcera de estómago con unas pastillas que dejaban un sabor de boca horrible.

La mañana del treinta de 30 de enero del 2035, Álvaro se levantaba a las cinco y cinco, desayunaba una tostada y un zumo y se disponía a arreglarse. Se engalanaba y perfumaba, se lavaba bien los dientes y estaba dispuesto a otra jornada. En Google, las cosas no fueron como estaban previstas, a su dircom le tocaban horas extras esa semana. Viajar hasta Barcelona, ver a su familia, ya que estaba allí. Avión a París, tratar con los directivos de Google Francia. Discutir con ellos. Luchar contra ellos. Gritarles. Y convencerlos. Vuelta a Londres, de donde partió para esperar un vuelo a Estados Unidos. Trece horas de vuelo sin descanso, apenas durmió treinta minutos. Llegar a su destino y no hacerle caso al jet lag. Continuar con las últimas energías que le había proporcionado la mala comida del avión y parar en el hotel, por fin. Después de una intensísima jornada por fin podría descansar.

Álvaro solo especificaba una cosa importante para los hoteles. La posibilidad de Wi-Fi, o en su defecto una tele. Al llegar al hotel no tenía nada de eso. Sus jefes en Google habían considerado que el hotel solo lo usaría para dormir, ya que al día siguiente le tocaba más ajetreo y no tendría tiempo para nada más. Se quedó sin su relajante musical y sus cantos y cayó rendido en la cama.

Cinco horas de sueño y el móvil lo despierta, tiene que viajar otra vez. Sin salir de Estados Unidos, trenes, autobuses, coches de empresa, aviones y más trenes. Y vuelta al hotel. Tras su tercera noche así, las cervicales de Álvaro eran una roca y su sien estaba a punto de estallar. Los Aisecos aprovechaban sus viajes para mandarle algo de tarea por el bien de AIESEC. Entre ellos y Google hacían arder el móvil de Álvaro. Al llegar a la cuarta noche no aguantó más y salió en busca de un karaoke o cualquier sitio donde pudiera cantar a gusto. No sería como siempre, pero serviría. Esa misma noche le atracaron y le quitaron el preciado teléfono donde lo tenía todo apuntado, pasó el resto de la noche en la comisaría denunciando el robo mientras ineptos policías le explicaban que eso pasaba demasiado frecuentemente y no podían hacer nada. Al volver al hotel tenía que volver a redactar el informe y entregarlo al día siguiente. Otra noche sin dormir.

A la mañana siguiente cogió un taxi hasta la sede de Google. Su brazo izquierdo se entumecía, la visión se nublaba y el pecho se retorcía dentro de sí. ¿Un infarto ahora? no tenía tiempo. Salió cojeando del taxi y el dolor se intensificó. Medio curvado por el dolor continuó su camino y entró en el ascensor. Papeles en mano y completamente doblado por la mitad, agarraba el informe con su entumecida mano izquierda y su pecho con la derecha. Al llegar a la oficina esperó a que los directivos terminaran la reunión. Sentado en la sala de espera, la secretaria imitaba inconscientemente la fruncida cara de Álvaro, que era una mezcla entre dolor y enfado. El color desapareció de sus sonrojadas mejillas y se adentró en la junta cuando hubieron terminado. Dejó los papeles sobre la mesa y en ese instante notó como su corazón estallaba en su interior.

Álvaro se dio la vuelta, abrió los brazos y gritó al fin: "Show must go ooooon" y se desplomó inerte en la colorida alfombra de Google américa. El estallido devolvió el color rojo a sus mejillas y desfrunció la cara de Álvaro haciendo que pareciese que sonreía aliviado por terminar.